“Las cooperativas no somos una ONG, somos un modelo empresarial. Para mí, el mejor”

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Es incapaz de pronunciar dos frases seguidas sin introducir la palabra cooperativismo en su relato. Si Francisca Benítez Fuentes (Churriana de Málaga, 1973) hubiera conocido ese término cuando era pequeña habría tenido clara su respuesta a la pregunta de qué quieres ser de mayor. Ella deseaba ser abogada, pero su camino viró hacia la educación, una de sus grandes pasiones, junto al teatro. Desborda energía, pasión, activismo y optimismo hasta el extremo que contagia al que tiene delante.

Presidenta de la Cooperativa de Enseñanza Politécnico de Jaén, del Colegio Andrés de Vandelvira, recuerda con nostalgia su primera aventura empresarial, Chisgarabís. Paqui Benítez lleva 18 años como cooperativista y pertenece al Consejo Rector de la Asociación Andaluza de Centros de Enseñanza de la Economía Social. Fue miembro del Consejo Rector de Faecta y actualmente forma parte de la ejecutiva andaluza como secretaria. Activista por convicción, conocemos a una de las jiennenses que más aman y defienden el modelo de economía social.

—La primera pregunta es casi obligada. ¿Cómo y cuándo se trasladó de Málaga a Jaén?

—Mi padre era pintor de brocha gorda y le salió un trabajo aquí en Jaén, cuando yo tenía cuatro años, y nos vinimos. Tenía que cuidar un cortijo de ovejas, cabras y pollos. Precisamente ese olor a los pollos es uno de esos primeros recuerdos preciosos que tengo grabado. Además, recuerdo que cuando llegué hablaba con la z y se reían de mí en el colegio. Era la única malagueña de cepa de la familia pero ya después me he sentido muy jaenera. 

—El miércoles, en la entrega de los Primeros Premios al Cooperativismo dijo que si de pequeña hubiera sabido qué es el cooperativismo hubiera tenido claro qué ser de mayor. En realidad, ¿qué quería ser de pequeña?

—Abogada. Quería ayudar a la gente pobre que no tuviera posibilidades de pagarse un buen abogado y sacarlas de la cárcel si no habían cometido un delito por el que merecieran estar allí. Me decían que era la ‘abogadilla’ de los pobres, y sigo siéndolo. Pero en el instituto el profesor de Literatura me obnubiló. Fue entonces cuando decidí estudiar Filología Española, aunque en mi trayectoria soy mucho más amante de la gramática que de la Literatura. Este último ámbito lo asocio más al crecimiento personal, pero la gramática española me apasiona. Si volviera a nacer sería abogada, asistente social, trabajaría en la cárcel…

—Entiendo que siempre trabajaría con alguna faceta relacionada con colectivos en riesgo de exclusión.

—Totalmente. De ahí que en la cooperativa yo he encontrado ese espacio en el que uno de los valores más importantes que tiene es estar dentro de la sociedad para mejorarla. Ese es un punto importante que tiene este tipo de empresas que no tienen otras. Eso sólo lo valoramos los que estamos dentro.

—¿No corre el riesgo de que la gente le diga que vive en un mundo utópico?

—Sería lo más bonito que me podrían decir, vivir en un mundo utópico. Trabajo en un colegio, lo que me hace estar, día a día, con una realidad a veces muy dura y a veces muy bonita. Llevo veinte años siendo profesora y ningún profesor puede decir que trabaja en una realidad utópica. Pero es verdad que si soñamos con un mundo mejor, al final lo podemos conseguir. Hay días que nos levantamos y no tenemos ilusión ni pasión, porque trabajar en una cooperativa es muy duro. Es una utopía, esta vez sí, pensar que en una cooperativa todo es happy flower y que todos nos llevamos muy bien. No, no es así. Es muy duro pero también es muy satisfactorio cuando lo conseguimos, cuando logramos trabajar en un ambiente sano y alegre. Pero para eso hay que esforzarse, como hay que hacerlo para sonreír cada día. 

—¿Cuándo decidió dar sus primeros pasos empresariales?

—Tendría unos 30 años y estaba embarazada de mi hija mayor. Conocí a dos chicos, uno profesor como yo y el otro asistente social. Éste último era compañero mío en Cáritas e íbamos de campamentos juntos. Para quien no lo sepa, un campamento es igual que una cooperativa. Yo ya echaba unas horas en el colegio como trabajadora, pero sin saber que era una cooperativa. Pregunté al presidente, don Agustín, y fue el que me descubrió qué es y cómo funciona una cooperativa. La ilusión, las ganas de trabajar y la energía que teníamos mi amigo y yo, junto con el tercer compañero que después buscamos, se plasmaba perfectamente en una cooperativa. Se llamó Chisgarabís. Hacíamos cumpleaños, juegos, actividades… Todo relacionado con niños. Fueron unos años muy bonitos. 

—¿Por qué se terminó?

—Porque soy una persona ambiciosa y me llegó la posibilidad de estar en esta cooperativa, en el Andrés de Vandelvira. Este era un mundo que me gustaba muchísimo y me permitía compaginar mis dos pasiones: la enseñanza y el cooperativismo. Lo dejé todo y me metí de lleno. Luché, porque no todo el mundo puede ser socio de una cooperativa, y menos de una ya consolidada como es esta con 40 años. Luché por demostrar que tenía las capacidades de ser socia. Me lo propusieron, acepté y este ha sido el matrimonio más largo que he tenido. 

—¿Se acuerda del día que firmó ese matrimonio?

—(Ríe). Recuerdo que lloré con don Agustín porque suponía formar parte de una gran familia, aunque yo ya era una trabajadora muy implicada antes. Recuerdo ese día como el que adquirí un importante compromiso y sabía que iba a ser para toda la vida. De hecho llevo ya más de 18 años y sigo mucho más enamorada que el primer día porque he ido conociendo y haciendo un grupo de trabajo que no son compañeros, son mi familia. Tú lo sabes, Esperanza, en una cooperativa muchas veces se pasa más tiempo con los socios que con tus propios hijos.

—¿Nos explica las diferencias entre una cooperativa y otro tipo de sociedad?

—Cualquier otro modelo empresarial es piramidal, con un jefe y unos trabajadores. Éstos trabajan, muy bien, pero muchas veces sin saber para qué, cuál es la finalidad, sino que simplemente responden a lo que les ha dicho su director general, administrador, etcétera. En el caso de las cooperativas hay que consensuar y el consenso requiere de esfuerzo, trabajo pero también de ilusionar a todos los demás porque, de lo contrario, es imposible que un proyecto salga adelante. Para eso tienes que hacer partícipe a tus compañeros y ese es el gran trabajo de las cooperativas, ya sean dos personas o cuarenta. 

—Cuando Lacontradejaén se constituyó en cooperativa hubo gente que nos dijo que a la larga cambiaríamos el modelo de empresa por uno menos ‘asambleario’. ¿Qué le hubiera contestado usted a esa gente?

—Que no. Mi cooperativa lleva 40 años y yo llevo 20 años aquí. Si no hubiera sido convencida de los proyectos que mi dirección y consejo rector querían poner en marcha, yo no los hubiera hecho. Es verdad que hay veces que dan ganas de dar un golpe en la mesa y se cansa uno de dar explicaciones. Pero lo cierto es que esas explicaciones son las que conforman el mundo democrático en el que debemos vivir. Tenemos que ver todos los puntos de vista, ponernos en el pellejo del compañero, porque a veces las decisiones que se toman de forma unilateral pueden enriquecerse cuando se exponen en una asamblea. Muchas veces cambiamos de opinión con el debate que se genera y eso es bueno, es sano, te hace crecer. Eso no se puede hacer desde otro modelo empresarial.

—También dicen que nos acogemos a esta figura porque pagamos menos impuestos y estamos especialmente protegidas.

—¿De verdad cree que todo esto que estoy contando, de este esfuerzo de consenso, de trabajo con los socios, de estar 24 horas al día trabajando para tu cooperativa, lo cogemos porque hay que pagar menos impuestos? De verdad… Cuando llegamos a cierta edad sabemos que el tiempo es hora y sabemos de todo el esfuerzo que se hace en una cooperativa, además del que te llevas a casa. Es irrisorio pensarlo.

—El modelo cooperativista no es incompatible con ganar dinero. 

—Somos una empresa.

—No somos unas ONGs.

—Es justo lo que iba a decir. Es curioso porque hay veces que no parece que somos un modelo empresarial y por eso me gusta repetir una y otra vez que el cooperativismo es un modelo empresarial, para mí el mejor. Lo es porque cuida de sus trabajadores, de sus socios, de sus usuarios, de sus clientes, y también cuida de una economía que va creciendo. Soy muy defensora del voluntariado pero tengo una cosa clara: esto es un trabajo empresarial que, además, cuenta con que uno de sus principales valores es ayudar a la sociedad que más nos necesita. Y eso creo que deberían tenerlo todos los sistemas empresariales. Pero no somos una ONG y claro que queremos ganar dinero.

—Me da la sensación de que el cooperativismo es muy desconocido.

—Sí. Y más en Jaén. Aquí cuando se escucha hablar de cooperativa se piensa en aceite. Quizás esas cooperativas son las que menos tienen que ver con una como la nuestra o como la vuestra. Porque el socio trabajador está más inmiscuido en un tipo de cooperativa como la tuya o como la mía. Cuando yo hablo de cooperativas la gente no sabe de lo que hablo pero me encanta descubrirles un mundo nuevo. Y ahí es donde radica nuestro trabajo, el de fomento del cooperativismo. Tenemos que hablar de cooperativas porque cuando la gente lo escucha se anima, se enamora, se ilusiona…

—¿Qué papel tiene Faecta?

—Es fundamental. Aglutina a todo tipo de cooperativas, las representan, las defiende, las saca a la luz, les da apoyo, les ofrece formación, ayuda, marca un camino… Faecta para mí lo es todo, tanto en Jaén como en Andalucía. Están haciendo un trabajo fabuloso, está aglutinando a las ocho provincias que somos muy dispares y que no se nos olvide que Jaén es una de las que más cooperativas tenemos. Todo ese compendio, que es complicado, lo lleva a cabo Faecta con un equipo de trabajo fantástico, con gente ilusionada, que merece la pena conocer tanto en Jaén como en el resto de las provincias. 

—¿Qué pensó cuando sonó el teléfono y le comunicaron que iba a ser reconocida en la primera edición de los Premios al Cooperativismo en Jaén?

—(Ríe). Voy a ser muy sincera. Cuando me llamó Olga Calderón lo primero que dije es que no me lo merecía porque pensé que no hacía nada extraordinario que no sea mi trabajo. Me contestó que yo me implico mucho en las cooperativas y le conteste que yo por las cooperativas mato. Entonces me pregunté: ¿acaso no lo hacen todos los socios de las cooperativas? ¿Acaso esta ilusión que yo tengo no se tiene en todas las cooperativas? Luego pensando me planteé que estoy más implicada en este mundo de lo que yo misma sabía. 

—No sé si es consciente pero en toda la entrevista ha sido incapaz de decir dos frases seguidas sin introducir la palabra cooperativa.

—Sí soy consciente. Me pasa en mi día a día, en comidas familiares, con amigos… Creo que una vez que te metes en este mundo es muy difícil desvincularte. Porque incluso cuando salgo con amigos aprendo y veo cosas que después puedo aplicar en nuestra cooperativa, que además se dedica a la enseñanza.

—¿Qué os dicen los padres? Ustedes enseñan ese modelo empresarial en las aulas.

—Muchas veces los padres llegan sin saber que el Andrés de Vandelvira es una cooperativa de enseñanza. Pero cuando pasa un tiempo nos reconocen que ya entienden muchas de las actividades que hacemos, porque salimos tanto a las calles, los trabajos que hacemos en las aulas, etcétera. 

—¿Alguna vez ha tenido ganas de tirar la toalla?

—No. Iba a decir que sí porque alguna vez he estado triste, me he sentido sola, que podría estar en otro sitio haciendo mucho más, pero eso nos ocurre en la vida diaria con todas las situaciones. Yo creo que me moriría sin este trabajo. Y si se acabara éste, moriría durante un tiempo y montaría otra cooperativa. 

—¿Es una activista social?

—Por supuesto. Creo que no se puede ser un buen cooperativista sin ser un activista social. Tenemos ese puntito de sacar a la luz, a la sociedad, toda la fuerza, las problemáticas, el compromiso, el feminismo y los movimientos sociales. Son compromisos que debe tener el cooperativista. 

—Ha mencionado el feminismo. ¿La mujer es protagonista en el mundo cooperativista?

—Sí. En la cooperativa las mujeres estamos pero no sólo ocupando un número sino que se nos oye, se nos valora y estamos en puestos de responsabilidad. Te voy a poner un ejemplo. Se acaba de constituir el Consejo Local de la Igualdad entre Hombres y Mujeres y yo estoy representando a todas las empresas de Jaén. A mí me hubiera gustado haber tenido que pelearme por tener ese voto en la comisión, pero no había más empresas, solo Faecta. 

—¿Qué necesita Jaén para mejorar?

—Quererse más. A veces somos muy duros con nosotros mismos. Necesitamos invertir más en nosotros mismos, comprar en nuestras tiendas, pasear mucho, ir al teatro, al cine, a los conciertos… Abrirnos e intentar atender aquello que está más desatendido como es el casco antiguo y agradezco a toda la gente que lucha por todo esto y que ama Jaén como lo hacemos tú y yo. Eso es lo que necesitamos, tener empuje y económicamente necesitamos inversión. Hay que llamar a las puertas que hagan falta. Como crítica, me da pena que Jaén esté dormida. Jaén levántate como dice tu himno y exige y pide lo que es tuyo. Esa apatía me duele.

—Acaba de mencionar el teatro y es una enamorada.

—Llevo toda la vida haciendo teatro, desde el instituto. En los últimos años estoy en Small Clowns y en el Espejo Parlante haciendo trabajos muy chulos. Algunos son inéditos, porque son de Vicente Nieto, y otros que son adaptaciones de Lorca como, por ejemplo, Bodas de Sangre o La Casa de Bernarda Alba. Ahora estamos montando una obra que se llama Amor, que habla de los tópicos típicos. Una de las cosas que más me gusta es que cada vez que puedo se la represento a mis alumnos y eso hace que lo amen más y lo quieran. 

—¿Qué le da el teatro?

—Me da fuerza y ganas de vivir.

—¿Qué te dicen tus hijas al ver una madre con tanta energía?

—Estoy muy orgullosa porque ellas están orgullosas de mí. Ellas ven esa energía y yo sé que a la larga todo esos valores que estamos inculcándoles lo sacarán a la luz. Ahora mismo ellas me miran pensando cómo puedo con todo. Pero es verdad que a veces llego a casa y no tengo comida o no he podido tender la lavadora.

—No somos perfectas.

—Claro que no. Y cuando te apasionas con algo tanto como yo con mi cooperativa a veces es agotador porque quieres luchar contra todos los molinos de viento. A veces son ellas las que me ponen los pies en la tierra.

—¿Dónde se ve dentro de veinte años?

—Jubilada (ríe), pero montando algo relacionado con la mujer, por ejemplo en formación, mucha educación.

—La última pregunta, más personal. ¿Un consejo de veterana a novata en el mundo del cooperativismo?

—Cuando estés mal, te sientas sola y pienses que mejor hubiera sido ser funcionaria, no te rindas. Cógete el modelo cooperativista, coge fotos, mira las cooperativas que fueron premiadas, Art Diversia, Fisiotermal, mira su ilusión y llénate de ella.

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